Málaga, 22 de noviembre de 2008.
Ignoro si en alguna ocasión habéis tenido una experiencia semejante. Y puedo asegurar que me dejó perpleja.
Me llama por teléfono la abuela de una amiga para pedirme hora de
consulta. Es una mujer a la que conozco casi desde que yo era
adolescente y me sorprende su llamada. Me comenta que ha hablado con su
nieta y ella le ha dicho que yo soy la persona que mejor la puede
orientar y, por tanto, la más indicada para lo que ella precisa. En ese
momento ella tiene 83 años, está aquejada de múltiples dolencias,
molestias, malestares y quedamos en vernos.
Yo imagino que quiere sentir alivio de sus diversos padecimientos y sin
embargo las cosas no van por ahí. Por supuesto que si mejora en algo va
a estar encantada, aunque lo que ella quiere, en realidad, es que “yo
le enseñe a morir”. Enseñar a morir...
De inmediato vienen a mi mente unas palabras de Vicente Ferrer cuando
en una entrevista le preguntaron qué es la muerte y él, con esa sonrisa
bondadosa y llena de comprensión contestó a la periodista: “es algo muy
sencillo. Para comenzar, la muerte no existe: si estás aquí, no estás
“allí” y cuando estás “allí” no estás aquí”... ¿Cómo comenzar a
explicarle a Valeria algo tan sencillo y tan complejo?
No sé cómo calificar a mi interlocutora si como paciente o como alguien
a quien yo debía tratar de mostrar ese camino que nos lleva de regreso
a casa.
Valeria es una mujer católica, apostólica y romana para quien la
existencia del cielo y el infierno son una Verdad absoluta... Partiendo
de esa premisa y desde mi manera de entender la vida y lo que se suele
llamar “muerte” me parece un tanto complicado que comprenda. ¿Cómo
abrirla a esas otras dimensiones? A otras realidades...
A pesar de que no es su interés primordial comenzamos por las
cuestiones físicas con el fin de tratar de paliar, en la medida de lo
posible, sus padecimientos. Tiene picores muy molestos en zonas
concretas como la cabeza y las ingles. En las ingles se le forman
vesículas de diferentes tamaños con líquido en el interior y, al
rascarse, el líquido se expande y le escuece.
En esa primera visita más que trabajar sobre el tema que ella requiere,
casi nos dedicamos un buen espacio de tiempo a recordar nuestros
encuentros cuando yo era jovencita, y, por mi parte, a tratar de
entrever en qué punto está de su evolución.
Leer la ponencia completa