Sin embargo, ese lugar sigue ahí, en un rincón de tu memoria, desde donde acaricias el sueño y, de vez en cuando se activa de modo inconsciente, permanece latente durante un tiempo y de nuevo se adormece.
Sin embargo, está ahí. Sigue con su repiqueteo suave y constante hasta que un día salta la chispa y se te da la oportunidad de ir. ¡Me ha ocurrido tantas veces!, porque, por si alguien lo duda todavía, los sueños se convierten en realidad.
Así, de pronto, me vi enrolada en una nueva aventura, convencida como estoy de que cada viaje es una nueva aventura, un velo que se descorre ante nuestros ojos ensoñados y nos lleva a tocar esa realidad únicamente imaginada. “Únicamente” digo, cuando soy una convencida de que la energía sigue al pensamiento y de ahí la acción.¿Quién no ha oído hablar de las hazañas de Lancelot, del Rey Arturo, de su amada Ginebra...? ¿Y qué decir de personajes como Merlín o Morgana?
O de las brumas de Avalon, que etimológicamente deriva de “manzana” y se refiere a la isla mágica en la que los manzanos dan fruto todo el año. Nombres cuyo sólo sonido, al pronunciarlos, avivan un sentimiento interior que nos sorprende. Eso, sólo es el comienzo.
Y por si a todo esto le faltara algo de magia, hay otro lugar soñado por mí que se llama Stonehenge... y ese deseo: “yo iré allí algún día”, sin prisa, sin anhelo, sin impaciencia. Todo llega y llega de verdad.
Este no ha sido un viaje turístico “al uso” (si es que los hay). ¿Podría atreverme a hablar de viaje iniciático? Aunque también soy una convencida de que, de uno u otro modo, todos los viajes lo son. En esta oportunidad se trataba de un viaje no sólo a lugares especiales sino también con unas temática de trabajos concretos con gemas, cristales, colores, esencias, aceites, aguas de manantial sagradas...
Ya en Glastonbury nuestra primera visita fue a la recoleta capilla de María Magdalena que allí se conoce como St Margaret’s Chapel, que sirvió de hospital y casa de caridad y que la tradición dice que fue fundada por santa Margarita de Escocia (c. 1264). En este lugar sagrado fuimos ungidos con aceite esencial de sándalo antes de comenzar un trabajo grupal que tenía por objeto la entrega y la vivencia de la humildad.
Tras este primer encuentro entre piedras centenarias, ascendimos hacia la Colina del Espino, (Wearyall Hill) lugar legendario donde, según se cuenta,
José de Arimatea clavó en tierra su cayado y floreció el Espino blanco (Crataegus oxiacantha), ese arbusto espinoso que evoca las espinas de la Corona de la Pasión de Jesús.