Maria José Mas


Acompañando los procesos del tránsito

I Congreso Centroamericano de Terapéutas Florales, San José de Costa Rica, abril 2002

sueno_del_caballeroAprender a morir es algo que parece difícil de comprender y de alcanzar en una cultura como la nuestra, confabulada para negar el dolor, la enfermedad, la vejez y la muerte gracias, entre otras cuestiones, al desarrollo desmesurado de la tecnología  que agrega poco o nada a la conciencia de vulnerabilidad y de finitud. Ya Freud afirmó que “la propia muerte es inimaginable, en el inconsciente estamos convencidos de nuestra inmortalidad” y hacia ella vamos cultivando nuestro narcisismo y omnipotencia ya que el auge de las tecnologías nutren nuestra ilusión de dominio sobre la realidad, ilusión que nos mantiene infantiles, ingenuos e ignorantes. Creemos que no nos va a pasar nada. O bien, si nos pasa, que lo vamos a poder superar o que si pasa “algo”, les pasa a los otros.


El sueño del caballero de Antonio Pereda

Sin embargo, ese “otro” de cuya muerte hablamos o a cuya muerte asistimos, refleja inexorablemente nuestra propia muerte.

La vida se define por la muerte. Los ciclos de vida son ciclos de muerte. Los ciclos de vida y de muerte son ciclos de compromiso, solidaridad, creación, curación, reparación, entrega, crecimiento, ruptura, separación, pérdidas, conflicto, crisis, duelos, enfermedad, muerte.

Aprendemos poco. Este es uno de los dramas de nuestro tiempo. Aprendemos poco de lo que vivimos porque estamos ocupados en aprender a conducir, manipular y controlar aparatos, personas, vínculos o situaciones y finalmente nos enajenamos. La enajenación no es ingenua: nos sirve para evitar una realidad que nos disgusta y sin darnos cuenta (o, mucho peor, dándonos cuenta) contribuimos a construir una filosofía de vida patética, trivial y sórdida porque excluye el dolor, la enfermedad, la muerte.

Somos rehenes de una cultura que exalta y adora lo exterior. Crece y se desarrolla la industria de la cosmética, maquillajes, postizos, prótesis. Nos sometemos a cirugías severas, vaciamos, achicamos, rellenamos, estiramos nuestro cuerpo. Experimentamos dietas, productos dietéticos, gimnasias. Nos sometemos a todas las modas posibles. Abusamos del juego de las apariencias intentando disimular el “tiempo”. La desesperación ante la pérdida de la juventud y de la belleza provoca una fijación infantil en la ilusión de eterna juventud y modernidad.


 

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